Don Carnal y el Reino de lo Efímero
Don Carnal volverá a tener su reino durante cuatro días: un fin de semana, más el lunes y martes de Carnaval.
Así lo decretaron nuestros abuelos hace ya cientos de años.
Durante ese breve periodo, se abre la posibilidad de dar rienda suelta a los instintos más básicos del ser humano. Instintos que, normalmente —y para permitir una convivencia pacífica en sociedad— se inhiben, se reprimen o se educan. Porque si no lo hiciéramos, nuestra vida estaría dominada por el desenfreno que provoca simplemente el hecho de vivir.
El reino de Don Carnal representa lo excepcional, lo extraordinario. Y como todo lo que apela a lo primitivo y visceral, tiene un enorme poder de atracción. La gente se lo pasa bien. Se divierte. Goza. Y por eso el Carnaval tiene fama y convoca a tanta gente año tras año.
Pero su reino es breve.
En tierras castellanas —y en muchos otros lugares— finaliza con el simbólico entierro de la sardina. Una alegoría de muerte. Un final casi trágico para los súbditos de Don Carnal.
Y entonces entra en escena otro tiempo: la Cuaresma.
Recoge el testigo e inicia cuarenta días de preparación, de reflexión y de disciplina, que culminarán en el Domingo de Resurrección.
Qué contraste tan radical.
Uno celebra el exceso.
El otro propone el orden.
Uno termina en entierro.
El otro, en resurrección.
La pregunta es inevitable: ¿qué final prefieres en tu propia vida?
Porque ambos tiempos son temporales. Ambos forman parte de la experiencia humana. Pero tú decides qué aprendes de esta alternancia.
Carnaval nos recuerda que somos carne, impulso y deseo.
Cuaresma nos recuerda que también somos voluntad, sentido y trascendencia.
Tal vez la verdadera sabiduría no esté en negar uno u otro, sino en comprender qué lugar ocupa cada cosa en nuestra vida.
Y ahora que comienza ese breve reinado, la decisión es tuya.
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