domingo, 26 de abril de 2026

Juventud y vida

Miles de veces escuché a mi padre decir que la juventud estaba perdida.

Eran los años 70… también los 80.
Siempre había ese tono:
rebeldía, intransigencia, una generación que —según él— no se enteraba de nada.

Decía que los valores y principios que él sostenía
habían desaparecido en manos de la nuestra.
La generación de mayo del 68.
La que, supuestamente, iba a cambiar el mundo.

Hoy me descubro escuchando a los de mi generación…
los que ya tenemos 60, 70 años.
Y suena exactamente la misma cantinela:

Que si la generación Z es débil,
que no está preparada,
que carece de valores,
que no tiene principios.

Y entonces surge la pregunta inevitable:
aquellos que íbamos a cambiar el mundo…
¿lo hemos cambiado?
¿Lo hemos hecho mejor?

Porque quizá el problema no esté en ellos.
Quizá esté en nosotros.

En que no hemos sabido criar —o acompañar—
a nuestros hijos
de una manera coherente
con los valores que decíamos defender.

O tal vez en algo más profundo:
en que siempre miramos la vida
a través del cristal de nuestra propia experiencia.

Y no nos detenemos
a quitarnos esos filtros mentales.

A contemplar… sí, contemplar,
que esto ha sido siempre así.

Que la juventud, a los ojos de los mayores,
siempre parece débil,
siempre parece carente de valores.

Y, sin embargo, luego la vida se encarga de demostrar
que esa misma juventud
también acierta,
también se equivoca,
también construye.

Como lo hicimos nosotros.
Aunque nuestros padres no lo vieran.

Aunque no supieran reconocerlo
cuando nos miraban,
cuando nos observaban…
cuando simplemente nos veían vivir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario