Los católicos tenemos una tradición que tiene muchos años. Al menos yo la recuerdo desde que era niño. Y esta no es otra que dedicar el mes de María, el mes de mayo, a María, a la Virgen María.
Nosotros no tenemos un solo día dedicado a la mujer, sino todo un mes. Todo un mes para reflexionar, discernir e incluso analizar y orar, ¿por qué no?, sobre el modelo de María como parte del Evangelio cristiano, en aplicación a la mujer de hoy y de siempre.
Si partimos del hecho de que la figura de María es muy desconocida y que poco dicen los Evangelios acerca de ella, tenemos un problema de análisis crítico desde un punto de vista racional, e incluso desde un punto de vista teológico. Han sido los Padres de la Iglesia y el Magisterio quienes han ido completando ese tratado acerca de las actitudes y virtudes de María, para poder ser espejo en el que reflejarse e imitar.
Las apariciones marianas así declaradas por la Iglesia —las más famosas, Fátima y Lourdes; las más recientes, con controversias incluidas, como Medjugorje o Garabandal— hacen del misterio de María un complejo constructo intelectivo que solo se puede abordar desde la experiencia de ponerse en manos de quien es Madre de Dios y Madre nuestra.
Hemos olvidado todo cuanto nos enseñaron nuestros abuelos acerca del amor a María. Lo consideramos trasnochado, medieval y poco lógico. Sin embargo, parece que ahora resurge de nuevo una devoción mariana entre la juventud. Algunos lo califican de moda y otros de verdadero fenómeno de renacimiento espiritual.
En todo caso, hoy aquí solo pretendo llamar la atención acerca de que mayo no solo es el mes de las flores, sino también el mes de María. Y, como buenos romeros que somos, no estaría de más una romería.
Pena que Peñaranda no disponga de cierta capilla, a cierta distancia del pueblo, donde nuestra Madre Reina, nuestra Virgen Reina, pudiera recibir a sus queridos hijos después de una primaveral romería.
¿Queda como reto?
No hay mayo y María sin romería.
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